Un recorrido por las inundaciones del norte de Brasil

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SAO SIMAO, Brasil (AP) — La canoa hace agua, mientras nuestros dos guías luchan contra el río bajo la lluvia intensa.

Tomo una botella plástica de Coca-Cola y comienzo a sacar algo del agua, pero de pronto la embarcación se detiene. Estamos encallados en un grueso montículo de pasto y nos vemos obligados a descender y a empujar la embarcación, saltando hacia el agua, infestada de culebras venenosas.

El cubrir la peor inundación que ha sufrido Brasil en décadas –un desastre que ha matado a 39 personas y ha dejado casi 270.000 personas sin hogar– requiere de mucha adrenalina y fe, la primera para vencer el temor de ser mordido por lo que los lugareños llaman «serpiente de dos cabezas», y la segunda para que las lluvias al parecer interminables dejen de caer y nos den el tiempo de llegar a una aldea donde la gente se guarece en chozas de lodo y ladrillos, mirando sus cocinas y dormitorios inundados.

Nuestro recorrido de una población inundada a otra tiene muchas paradas y partidas imprevistas. El jueves, cuando al fin nos aventuramos en una camioneta todoterreno Toyota a la aldea anegada de Sao Simao, de 5.000 habitantes, el sol se había ido, y la autopista principal estaba pavimentada y tersa.

Nuestro chofer, Carlos Henrique, conoce estas tierras y avanzó mucho hasta que el camino se llenó de profundos hoyos, antes de convertirse en una senda de tierra y de desaparecer por entero debajo del agua.

Dos hombres corpulentos se ofrecieron a llevarnos en su canoa, para entrevistar a la gente en las chozas anegadas río arriba.

«No tardaremos mucho», dijeron. «Las aldeas están muy cerca».

La canoa tiene una pequeña fuga, pero es espaciosa y está equipada con bancas donde el fotógrafo Andre Penner puede acomodar su equipo.

Pero la poderosa corriente nos jala en la dirección contraria al momento de abordar. Los remeros luchan contra las aguas, fortalecidas por la inundación, pero su tarea se vuelve casi imposible cuando la lluvia comienza a amenazar con hundirnos.

El fotógrafo sugiere que sería mejor volver. Los remeros dicen: «No, no se preocupe. Ya casi llegamos. Es un poquito más, río arriba».

Sigo sacando agua con la botella y trato de mantener la calma. Mi mayor preocupación es permanecer dentro de la canoa y fuera del agua –donde habitan las «cobras de dos cabezas», cuyo nombre científico es Amphisbaena alba. Esos animales de un metro de largo, temidos por sus las laceraciones que provocan con su cola, comen roedores y parecen enormes gusanos de tierra blancos.

Veo a una que flota cerca. Es escurridiza.

Luego de encallar, nos inclinamos a los costados de la canoa y tratamos de arrancar la vegetación de raíz, para liberar la canoa.

Cuando eso fracasa, no nos queda otra opción. Saltamos hasta el agua, que nos llega a la rodilla y luchamos por liberar la embarcación antes de que seamos presas. Afortunadamente, los reptiles no nos acercan sus cabezas ni sus colas venenosas.

Cuando pasa el susto y la lluvia, noto claramente el calor húmedo, el olor de la tierra mojada, donde el agua se evapora bajo el sol. Estoy bañado en sudor. Mis zapatos, empapados, se mantendrán húmedos hasta que me los quite, unas 12 horas después.

Luego, me considero afortunado. Dentro de una choza vemos a una familia –cuatro adultos y dos niños –apretujados en su pequeña sala, mientras el agua fluye hacia su alcoba y a la cocina, en la aldea agrícola de Curimata da Cima.

«Yo no me quedaría aquí si fuera ellos», pienso, mientras sigo temblando.

Por otra parte, me doy cuenta de que esto es todo lo que ellos tienen.

Poco después, volvemos a subir en la todoterreno y nos dirigimos a Itapecuru Mirim. Miramos asombrados la autopista federal, una de las principales, convertida en un gran lago, donde están varados camiones-cisterna, autobuses y tractocamiones.

Abordamos otra canoa de madera, ésta provista de un motor, y avanzamos por la aldea, donde visitamos a los pescadores, hacinados en el segundo piso de un edificio comercial después de huir de sus hogares. Pasamos flotando junto a una fila de furgones del ferrocarril, atrapados en los rieles inundados, y al lado de las gasolineras, cuyas bombas apenas sobresalen de la superficie del agua.

Horas después, estamos de vuelta en el vehículo. Contengo el aliento mientras Carlos avanza en la oscuridad, bajo una tormenta cegadora, tratando de eludir los profundos baches, ocultos por el agua.

Hacemos una parada, a una hora de nuestro destino, en el poblado de Sao Mateus, donde dormimos unas tres horas en un hotel pequeño pero limpio. Nos levantamos con el sol y aprovechamos el cielo despejado y los caminos secos para hacer una visita rápida a Bacabal, una ciudad pequeña donde hay miles de casas inundadas, algunas incluso hasta el tejado.

Más de 1.000 habitantes acampan en un terreno donde se celebra la feria anual. Muchos se aglomeran en los establos.

Las autoridades declararon que las condiciones eran insalubres –hay poco acceso al agua, y en este ambiente encerrado, pueden propagarse las enfermedades. Para el sábado, los desplazados tendrán que buscar otro lugar para quedarse.

Llega otra vez la tarde –no queda mucha luz para los fotógrafos. Es momento de pensar en salir de nuevo al camino, esta vez hacia Trizidela do Vale, que, según hemos escuchado, está sumergida al 90% y representa una de las poblaciones más afectadas por el desastre.

Nos dicen que tardaremos entre 40 y 50 minutos en llegar ahí. Yo pienso que tendremos suerte si llegamos en dos horas o si llegamos.

Me doy cuenta que estoy cansado. Y luego, pienso en los sobrevivientes, refugiados en sus pequeñas habitaciones.

Ello me motiva a seguir adelan