Con piruetas en el ring, “cholitas luchadoras” deleitan a turistas en Bolivia

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Aymara indigenous women Elsa (L) and "La Simpatica Angela" (Nice Angela) take part in a freestyle wrestling flight in El Alto, on June 29, 2018. "Cholita Fighters" aim to include their show in a tourist route. / AFP PHOTO / AIZAR RALDES

El Alto, Bolivia | AFP | jueves 05/07/2018 – por José Arturo Cárdenas.–Con sus saltos, piruetas y patadas voladoras, las “cholitas luchadoras” se sienten como diosas sobre el cuadrilátero.

Vestidas con sus tradicionales faldas aymaras acampanadas, “Martha La Alteña”, “Susana La Bonita”, “Juanita La Cariñosa” y “La Simpática Ángela” suben al ring a combatir por el honor y los aplausos.

Un hotel de El Alto, una ciudad boliviana próxima a La Paz, comenzó a presentar este espectáculo de lucha libre como parte de una oferta turística que se suma a sus “cholets”, los coloridos edificios con íconos de la cultura tiwanaku que son símbolo de una floreciente burguesía aymara.

En las graderías, unos 150 espectadores estallan con gritos y silbidos cuando las luchadoras indígenas comienzan la contienda.

AFP PHOTO / AIZAR RALDES

El enfrentamiento es una suerte de jiu-jitsu japonés, aunque en medio de las cuerdas vale todo: golpes en el pecho o en la cabeza, codazos, torniquetes, llaves y palancas para doblegar a la contrincante, mientras dos locutores van relatando el combate, uno en inglés y otro en español.

En uno de los lances está “Juanita La Cariñosa”, una verdadera estrella para el público que la aplaude y vitorea cuando se encarama sobre las cuerdas y se lanza por el aire para derribar a su rival.

Poco después, al intentar lanzar una patada voladora, cae a la lona con poca fortuna y comienza a cojear. Aunque se trata de un show, no están exentas de sufrir lesiones.

La gladiadora hace una mueca de dolor, pero los gritos de sus enfervorizados simpatizantes son como una droga que la alivia.

“Siento mucha adrenalina, me encantan los aplausos y cuando nos abuchean es lo mejor”, dice a la AFP esta mujer de 35 años, cuyo nombre verdadero es Mery Llanos.

Comenzó a practicar taekwondo cuando tenía 19 años, pero luego pasó a la lucha libre. “Me quedé y esto es lo que más me gusta”, explica.

“La Simpática Ángela” es otra “cholita luchadora” cuya pequeña estatura no supone ninguna desventaja cuando sube al ring.

AFP PHOTO / AIZAR RALDES

Lanzar patadas voladoras o treparse por el cuello de su rival para luego tirarla al piso son las dos armas preferidas de esta luchadora, cuyo nombre real es Leonor Córdova. Estos movimientos son aparatosos, pero son los que más aplausos arrancan.

“Me siento la mejor arriba (del ring), cada luchadora se siente poderosa arriba, como una estrella inalcanzable, como una luz resplandeciente, enorme”, explica a la AFP tras su contienda.

– De las barriadas al turismo –

Más de una docena de luchadoras que ofrecían este inusual espectáculo en un coliseo de El Alto, ahora lo hacen también en el hotel. Para estar en forma van al gimnasio y se entrenan tres veces por semana.

Cada una puede cobrar por noche entre 100 y 200 bolivianos (entre 14 y 28 dólares).

Se han asociado con empresas de turismo para atraer público a sus dos presentaciones semanales. Una para los lugareños, con una entrada que vale 20 bolivianos (casi tres dólares), y la otra para turistas con un precio de 70 bolivianos (unos 10 dólares).

La lucha libre femenina comenzó en Bolivia hace casi dos décadas, pero tuvo que deambular largo tiempo por barrios pobres antes de comenzar a ganarse un espacio en el turismo.

La lucha libre o “catchascán” (variación de la expresión inglesa “catch-as-catch-can”, “atrapa como puedas”) llegó a Bolivia en su versión masculina a fines de la década de 1960, cuando películas mexicanas idolatraban a “El Santo”, “Blue Demon” o “Huracán Ramírez”.

Los luchadores bolivianos comenzaron a imitarlos con un espectáculo que aún se llama “Titanes del Ring” y fueron ellos quienes se dedicaron a apoyar la subida de las mujeres al cuadrilátero.

jac/fj/ll