El encanto de los ríos y la majestuosidad de la selva

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Los cerros de Mavicure hacen parte de los atractivos turísticos que se pueden encontrar en Inírida. / Cortesía Toninas Tours Hotel

A una hora y media de Bogotá, en avión, se encuentra Puerto Inírida, la capital del departamento de Guainía, un lugar lleno de ríos, zonas selváticas, gran diversidad de flora y fauna, inmensos cerros y una riqueza multicultural invaluable. En sus territorios hay más de 50 comunidades indígenas que se encargan de cuidar la naturaleza y, ahora, compartir sus conocimientos.

Inírida significa “lugar de muchas aguas”. Hace parte de una de las siete zonas Ramsar del mundo, lo cual significa que es un pulmón de la humanidad. Desde hace algunos años es visitada por un selecto grupo de turistas especializados en temas de fauna o amantes de la naturaleza que quieren alejarse de las ruidosas ciudades y sumergirse en la inmensidad de la selva.

Es un destino turístico en desarrollo que espera aumentar el flujo de turistas, pero no cualquiera, sino uno que respete la naturaleza, aprecie la multiculturalidad de sus etnias y se conecte con la inmensidad de sus historias.

Desde que se aterriza en el aeropuerto internacional César Gaviria Trujillo, varios indígenas, la gran mayoría churrupacos, reciben a los turistas y los empiezan a sumergir en su cotidianidad.

Del aeropuerto hasta el centro de Inírida son diez minutos. Mientras se recorre la avenida Los Fundadores se pueden observar muchos árboles, sentir el aire húmedo, escuchar el canto de los pájaros y disfrutar de las fragancias de la naturaleza que cautivan al viajero a medida que se va adentrando en un lugar que ha atrapado a muchos con su belleza y la magia de sus historias.

La primera parada se hace en Toninas Tours Hotel, una casa amplia con un jardín inmenso y toda una lista de actividades que prometen dejar al viajero maravillado y cansado.

No es sólo discurso. A cada persona le dan su respectivo chaleco, un remo y una botella de agua para empezar a navegar por la laguna de Las Brujas, en la que hace muchos años las mujeres realizaban una ceremonia para despedir a los niños que sacrificaban. Sólo dejaban con vida a las niñas.

El recorrido por Las Brujas conduce a la comunidad Coco Viejo, donde se pueden observar petroglifos. Un indígena churrupaco explica cada uno de ellos y rememora las hazañas de sus antepasados. Por ejemplo: cuando salían en busca de alimento y los retos que debían superar con algún animal o cómo realizaban los viajes en curiara atravesando los ríos Guaviare, Atabapo e Inírida hasta llegar al lugar donde se forma la cuenca del Orinoco.

Un recorrido que hoy se realiza aproximadamente en tres horas en las lanchas voladoras, como ellos las denominan. Cuando se empieza a navegar por el río Guaviare se observa un color café que contrasta con el azul claro del cielo y el verde encendido que emana de la selva. Al tiempo, aves de diversas especies nos sobrevuelan.

Cuando se aproxima el río Atabapo, el color cambia con brusquedad. Se pasa del café a un negro intenso que también destella algo de tonos rojos. Un espectáculo maravilloso. Este río sirve de descanso para los turistas, quienes pueden bañarse cerca de la piedra de Mavinso, lugar en el que funcionó la Armada Nacional y que se espera se reconstruya como destino turístico. Mientras se navega el Atabapo y se acerca a la estrella fluvial de Humboldt, con 253.000 hectáreas, se puede observar cómo el sol le entrega el cielo a los colores naranja, púrpura y gris que se adueñan del horizonte mientras se siente la inmensidad de la cuenca del Orinoco.

En el corazón de la estrella fluvial se encuentra la Reserva Natural Morú. Allí, el ensordecedor silencio, el imponente paisaje y la tranquilidad de las aguas crean un ambiente perfecto de descanso y reflexión. Es tanta la calma que se pueden identificar miles de sonidos.

La noche se acompaña con una fogata para que los mosquitos no hagan de las suyas y los turistas se deleiten con el ajicero, la comida típica, que es un pescado en caldo de ají para que el frío sea menor. Al caer la noche los chinchorros y las capas, por si llueve, son los protagonistas.

Con ansias se espera un nuevo amanecer para poder escuchar y, si se tiene suerte, contemplar las toninas, delfines de río que son sagrados para los indígenas y que huyen de los humanos. Pero los atractivos no sólo están en el agua, también se encuentran en los cerros de Mavicure, un conjunto de tres montañas llamadas Pajarito, Mono y Mavicure. El último es el que los turistas pueden transitar. Su altura es de 170 metros. Está sobre el río homónimo y recorrerlo toma al menos dos horas y media.

Esta es una larga caminata que lidera Eugenio, un indígena armado con peinilla y lleva botas de caucho para tener mejor agarre. El primer trayecto es complejo porque no hay de dónde sostenerse. Las piedras están calientes y el trabajo en equipo y la solidaridad empiezan a relucir. A medida que se avanza asoma una zona boscosa que refresca un poco el viaje, pero agudiza los sentidos porque, en cualquier momento, puede aparecer algún animal salvaje.

Al llegar a la cima se ven los otros dos cerros. Son imponentes y cada uno guarda una historia. Pajarito, en el centro, tiene una ventana. Según la leyenda, por ella se asoma la princesa Inírida, una mujer que dejó su comunidad por el amor a la naturaleza. Cuando llora aparecen dos hermosas cascadas. Mavicure es símbolo de fortaleza, resistencia y pasión. La recompensa es perderse en la infinidad del paisaje que entre ríos, bosques y cerros deja ver la majestuosidad de la naturaleza, un exquisito paisaje que se esconde en las selvas colombianas y que le recuerda al turista la magia de vivir.

* Invitación Fondo Nacional de Turismo (Fontur)

Por: MARÍA ALEJANDRA MORENO TINJACÁ

Especial ElEspectador.com