Adiós, querido Fernando

Dos semblanzas muy personales de uno de los intelectuales más representativos de la cultura y el periodismo colombianos, fallecido en EE.UU. esta semana.Por: José Luis Ramírez León * / Especial para El Espectador

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Fernando Garavito murió como vivió, en el exilio y estrellado. No le importaba que lo apartaran de los sitios que quería entrañablemente ni ir en contravía con tal de defender las justas causas en las cuales creía, así terminara “faciendo entuertos” en su largo camino transitado como lo que orgullosamente fue: un periodista. Sin adjetivos.

Tuve el placer de conocerlo en persona, pues había leído con anterioridad sus excelentes trabajos, en 1998 —en El Espectador—, cuando Rodrigo Pardo lo incorporó al equipo cultural del periódico por sugerencia de Luis Cañón. De Fernando había escuchado decir que fuera de ser un gran maestro del periodismo y un impecable escritor, tenía un temperamento explosivo que se disparaba con cosas que lo sacaban de quicio. Dentro de sus leyendas urbanas arrastraba la de haber botado una máquina de escribir por una ventana de El Tiempo, que cayó estrepitosa sobre la Avenida Jiménez, al ver el craso error de redacción de una periodista. En otra, se decía que agarró la nota que le entregaba uno de sus subordinados para su corrección y, para darle un escarmiento por lo mal escrita, la había doblado y se la había comido como una oblea para angustia de su joven colega.

No sé si lo leyó en mis ojos, pero cuando nos presentaron en la sala de redacción lo primero que me dijo fue: “No sé qué le hayan dicho de mí, pero nada de eso es cierto”, y sonrió con picardía. La verdad, jamás le vi llevar a cabo ninguno de esos actos de “esquizofrenia periodística”. Ni en el periódico ni en sus clases en El Rosario, donde yo también era profesor y sus alumnos lo adoraban, ni en los muchos momentos de entrañable amistad que nos unió desde entonces percibí el más mínimo asomo de alguna de esas veleidades.

Era de una erudición deliciosa. No necesitaba ser pedante para mostrar ese infinito universo interior de conocimiento derivado de su actividad de lector incansable. Tenía una gran facilidad para inventar personajes que, o bien eran los interlocutores que le permitían mantener animados monólogos en sus columnas, o, por el contrario, unía varias personalidades de la ficción y la realidad, como el Juan Mosca, que lo hizo célebre. En una entrevista dijo que el seudónimo era una mezcla del Conde Mosca, de la Cartuja de Parma; de su propia fisonomía delgada y angulosa que venía de los muiscas, o moscas, y del hecho de que consideraba que para seguir la política, que no se caracterizaba por sus buenos olores, había que ser una mosca. El Juan, a su vez, provenía de que la gente del común es la representación del Juan Lanas. De ahí salió su álter ego.

Su pasión eran Priscila y Manuela, su hija, así como Melibea, hija de su primer matrimonio con María Mercedes Carranza. Era un hombre de familia, afectuoso y un amigo siempre dispuesto a escuchar y ayudar en lo que fuera necesario. Tenía una especial empatía con Betto, el gran caricaturista y mejor ser humano que ilustraba sus columnas con ingenio y mucha pimienta, similar en el trazo a lo que Fernando hacía en sus escritos. Cuidaba el lenguaje como pocos y difícilmente había una palabra de más, o de menos, así fueran los temas más álgidos dentro de los dardos que mandaba sin compasión cuando sabía que la razón y los hechos estaban de su lado.

En la segunda edición de la Antología de grandes reportajes colombianos, que llevó a cabo Daniel Samper Pizano, hay un trabajo impecable de Fernando Garavito que apareció publicado en 1988 en la revista Credencial, titulado “Sinfonía con Manuela”. Allí, con esa forma de mezclar pasado y presente, puso a José María Córdova, Manuelita Sáenz y Enrique Caballero Escovar a compartir un viaje a Bogotá. En uno de los apartes el maestro Caballero Escovar le dice a Córdova lo siguiente: “Sí, escribo como una forma de defensa”. La frase, que no es gratuita, es el reflejo de su personalidad y su tenaz lucha por la defensa de sus principios y valores. Más adelante, el mismo Escovar dirá: “… y de los pleitos interminables en los que se empeñó ‘que apenas están floreciendo’”. Es, sin lugar a dudas, una frase premonitoria.

En 2002, como se publicó en diversos medios de comunicación, recibió graves amenazas del paramilitarismo que lo obligaron a salir del país y comenzar así un largo exilio del cual no regresó. Al recordarlo hoy, con gran afecto y nostalgia, no está de más decirle: Querido Fernando, tú no te fuiste contigo.